LA HISTORIA DE UN VASO (ESCRITO DE ABRAHAM EN OBEDIENCIA A YEHOVAH)

Abraham es informado de la batalla en la cual Lot y muchos son llevados cautivos. Abraham recibe mandamientos del Eterno a fin de efectuar la “Gran Liberación”, esto es, convocar y preparar a sus pastores, y preparar un vaso con características especiales.

La Gran Liberación representa la liberación de Israel en los últimos días. Abraham descubre que La Gran Liberación se concretizó en Rosh Hashaná. Abraham predica la fe en el Mesías a los cautivos liberados invitándoles a purificarse en agua, solo tres lo aceptan. Abraham rechaza la oferta del rey de Sodoma. Abraham y los fieles deciden conmemorar la fiesta de Sukot en Salem. Las Perlas del Vaso. Bienvenida festiva en Salem. El encuentro de Abraham y Melquisedec.

Al terminar de escribir los relatos Abraham le entregaría a Melquisedec los rollos cosiendolos a el comienzo de los rollos escritos por el Rey de Salem, ocultandolos en una cueva en el mar muerto para ser descubiertos 4 milenios despues!.



Texto:



Abraham, habiendo recibido el mandamiento de Yahwéh, escribe en un rollo los acontecimientos que dieron origen a la historia que se conoce como La Historia de un Vaso, que narra los hechos que enmarcaron La Gran Liberación que el Señor efectuó por medio de Abraham, sus pastores y aliados.



Estaba descansando bajo la sombra del Roble de Mambré junto a mi tienda, cuando vi llegar apresuradamente a uno de los siervos de mi sobrino Lot. Casi sin aliento, él comenzó a relatarme sobre la tragedia: Hubo el día anterior una batalla entre las ciudades de la planicie, implicando a cuatro reyes contra cinco. Como resultado, Sodoma fue derrotada y muchos  de sus habitantes llevados cautivos, entre ellos mi sobrino Lot. La noticia me dejó muy afligido, pues al mismo tiempo en que sentía que era preciso salir en   su ayuda, me veía fragilizado, sin ninguna condición.

Siempre fui un hombre pacífico y detesto a aquellos que derraman sangre. Tengo muchos siervos, pero pocos saben manejar espadas y lanzas, pues desde la infancia han sido entrenados como pastores. En lugar de espadas y lanzas, ellos manejan bordones con los cuales conducen los rebaños; En lugar de escudos, ellos cargan vasos en sus cinturas, siempre llenos de agua fresca, para matar su sed y refrescar a las ovejas afligidas; En lugar de vino para embriagarse, cargan sujeto a sus cintos pequeñas botijas con aceite de olivo, con los cuales ungen las heridas del rebaño; En lugar de trompetas resonantes, ellos soplan en cuernos pequeños, con los cuales convocan al rebaño hacia el corral.

Imaginando  como  sería  un combate entre mis siervos y los ejércitos de aquéllos cinco reyes victoriosos, comencé a reír. Mientras reflexionaba, la voz de Aquél que siempre me guía, resonó en mis oídos, diciendo:

  ¡Abram, Abram! No menosprecies los instrumentos de los pastores, pues santificados por el fuego del sacrificio, habrán de conquistar la gran liberación.

El Eterno comenzó a darme órdenes, haciéndome avanzar por la fe, sin saber como tal liberación habría de realizarse.

 El primer paso fue la convocación de todos los pastores que, dejando a sus rebaños, se dirigieron al Roble de Mambré, trayendo sus instrumentos pastorales. Eran en total seiscientos pastores.

Ordené que vaciaran los jarros, colocando en ellos el aceite de la botija.

 Después de cumplir ellos esta orden, pedí que tomara cada uno la lana de una oveja, mezclándola con el aceite de los jarros.

Después de estas cosas, Yahwéh me mandó tomar un vaso grande de barro, llenándolo hasta la mitad con el aceite de olivo.

 Al concluir esta tarea, el Señor me mandó hacer una larga mecha de lana, enroscando la mitad dentro del aceite y dejando la otra parte apresada encima del vaso.

Después de estas cosas, Yahwéh me ordenó encender la mecha, con el fuego del altar. Al aproximarme al fuego sagrado que todavía ardía sobre el sacrificio de la mañana, una pequeña flama saltó hacia la mecha, y poco a poco se fue alimentando del aceite, hasta convertirse en una llamarada que podía ser vista de lejos.

Con el vaso en los hombros, inicié una caminata rumbo a las ciudades de la planicie, siendo acompañado por los pastores. Luego comenzaron a surgir escarnecedores que, al verme con aquel vaso incandescente en pleno día, comenzaron a decir que yo estaba loco. Al esparcirse esta noticia, muchos vinieron a mi encuentro, trayendo consejos para que yo abandonara aquel vaso que sería capaz de destruir toda mi reputación y dignidad delante de todos ellos.

Cuando yo les hablé sobre los ejércitos y sobre mi misión conjunta con los pastores, ellos concluyeron que de hecho yo estaba loco. Intentaron tirarme el vaso por la fuerza, mas aferrándome a el, impedí que lo tiraran de mí.

Avergonzados ante todo esto, muchos pastores comenzaron a separarse: algunos regresaron hacia sus tiendas mientras que otros se unieron a aquéllos que se reían de mi comportamiento extraño.

Sintiéndome solo con aquel pesado vaso sobre los hombros, comencé a angustiarme. Anhelaba encontrar a alguien con quién pudiera compartir mi experiencia, más todos me lanzaban miradas de desaprobación.

Me acordé de Sara, mi amada esposa; En obediencia a la voz de Yahwéh habíamos transitado por muchos caminos, estando Sara siempre a mi lado, animándome a proseguir precisamente en los momentos más difíciles. Con certeza Sara me traería consuelo y fuerzas para continuar firme, conduciendo el vaso de la salvación.

Mientras que avanzaba por el camino pensando en Sara, la vi en medio de la multitud. Al dirigirme a ella, me vi sorprendido y desalentado al ver en sus ojos el mismo menosprecio de aquéllos que me llamaban loco por conducir en pleno día la llama que se había desprendido del altar.

Acordándome de la orden de Yahwéh de que tendría que liberar a mi sobrino Lót, fui andando solo por el camino; Al colocarme en el lugar de aquéllos que me llamaban loco, yo les daba la razón, pues en condiciones normales, ninguna persona coherente saldría de casa, sin un rumbo definido, llevando en la espalda en pleno día un vaso con una llamarada, afirmando estar marchando contra los ejércitos de cinco reyes, para liberar un pariente. Realmente da a entender que se trata de la manifestación de una gran locura. Precisamente así, bajo el rencor de todas las humillaciones y palabras que hablaban contra mí, yo avanzaba rumbo al valle desconocido.

Toda aquella burla fue finalmente disminuyendo, a medida en que me distanciaba del Roble de Mambré.

Comenzaron a sobrevenir a mi corazón muchas dudas en cuanto a mi futuro. Estaba a veces afligido con el pensamiento de todo lo que había experimentado, desde la convocación de los pastores hasta ese momento, podría ser, de hecho, demostraciones de una locura.

Lleno de dudas, comencé a pensar en la posibilidad de abandonar el vaso al lado del camino, regresándome junto al altar. Ésos eran los consejos de  algunos pastores y amigos que, condolidos de mi soledad, todavía venían a mi encuentro, aconsejándome a que volviera; Allí, decían, que yo podría conquistar nuevamente la confianza de los pastores, volviendo a ser, quizás, hasta el mismo sacerdote honrado como antes lo era. Sobre el altar, decían, que había un fuego mucho mayor que aquél que yo cargaba en los hombros.

Estaba a punto de regresar, cuando Sara vino a mi encuentro, contándome sobre el desprecio que muchos pastores lanzaban contra mí; Ella estaba consternada, pues toda aquella deshonra, recaía también sobre ella, al punto de no sentir más deseos de permanecer junto a aquél altar.

Después de alertarme, Sara comenzó a hablarme de un plan: Podríamos, quizás, mudarnos a una ciudad distante, donde olvidaríamos todas aquellas vejaciones.

Olvidándome de la voz que me había mandado seguir rumbo a la planicie, contesté a mi esposa que yo estaría dispuesto a acompañarla a cualquier lugar, si ella permitía que yo llevara el vaso. Él sería nuestro altar, calentando e iluminando nuestras noches con su llama.

Al oír sobre el vaso, Sara volvió a enojarse, afirmando no entender mi terquedad al continuar llevando sobre los hombros aquel símbolo de vergüenza y desprecio. Después de decirme tales palabras, me volvió la espalda regresando hacia la tienda.

Angustiado por no poder realizar el sueño de Sara, proseguí rumbo al futuro incierto, siendo orientado únicamente por la llama, cuyo brillo aumentaba a medida en que las tinieblas se hacían más densas. Comencé entonces a meditar sobre aquella llama que me acompañaba con su brillo y calor.

Yo estaba acostumbrado a ver el Fuego Sagrado entronizado sobre un gran altar de piedras, en medio de las alabanzas de muchos pastores, de entre los cuales yo me destacaba como maestro y sacerdote. En aquellos momentos de adoración, yo me vestía con los mejores mantos, y hacía la pregunta de realizar el sacrificio, solamente cuando todos mis siervos estuviesen reunidos a mi alrededor, para que escuchasen mis consejos y advertencias. En la hora del sacrificio, yo levantaba hacia el cielo mi espada desenvainada, y, con palabras amedrentadoras, proclamaba la grandeza del Señor de los Ejércitos, El Dios Todopoderoso que domina sobre los Cielos y  la Tierra. Vibrando la espada en el aire en un movimiento amenazador, yo representaba delante de mis pastores, la imagen de un Dios severo, que siempre esta listo para repeler cualquier confrontación. Después de esa demostración de soberanía y poder, tomaba yo una oveja de las manos de un pastor, y la amarraba sobre el altar. Para que estuviese bien clara la ira divina, pinchaba yo sobre su cuello, golpeándola severamente, hasta verla perecer. En aquel momento yo descendía del altar, y permanecía esperando el Fuego Sagrado que jamás dejó de manifestarse sobre el sacrificio.

Yo había aprendido desde la infancia a reverenciar el Fuego Sagrado, creyendo que ello era una revelación visible de Yahwéh, el Gran Dios Invisible. Hasta entonces, yo lo veía como un Fuego Único e Indivisible. Ahora, al transportar en un humilde jarro la llama que se había desprendido del altar, mis pensamientos se agitaban con el surgimiento de un nuevo concepto sobre el Creador: el concepto de un Dios Sufridor que es capaz de desprenderse del Gran Yahwéh, representado por el Fuego Sagrado, para acompañar al pecador en su jornada.

Arrepentido, me postré delante del vaso y lloré amargamente. Tenía ahora conciencia de que todo el celo demostrado junto al Altar, tenía como finalidad la exaltación de mi orgullo, y no la del amor de Aquél que me acompañaba por el camino.

Súbitamente, se me grabó en la mente la convicción de que aquella pequeña llama que se había desprendido del Fuego Sagrado, era una representación del Mesías, que Se desprendería del Gran Yahwéh, para ser el Dios Con Nosotros, compañero en todas nuestras jornadas. Al sobrevenirme esta convicción, la llama se alegró, tornándose más brillante y calurosa.

Con el corazón transformado, proseguí por el camino rumbo al valle, llevando en los hombros el jarro que me había traído después de tanto desprecio, la alegría de una nueva revelación sobre el carácter del Creador.

Momentos difíciles comenzaron a surgir en mi camino, cuando fríos vientos venidos del mar salado comenzaron a arremeterse contra la pequeña llama, pro-curando apagarla. Yo la amparaba con mi cuerpo, andando muchas veces de lado e igualmente de espalda, mas siempre avanzando rumbo al valle.

Al romper la luz del día, me encontré a un paso de la planicie. Comencé a encontrar por el camino muchos rebaños que eran conducidos por rudos pastores. A medida en que avanzaba entre ellos, surgían tumultos y confusiones, pues muchas ovejas y cabras se asustaban con mi vaso ardiente, dispersándose por todas partes. Esto hizo que la mayoría de los pastores estu-viesen irritados contra mi presencia en su medio.

Sabiendo que no podría permanecer retenido en ese valle, proseguí de frente rumbo a Sodoma. Mientras que avanzaba, comenzó a suceder algo interesante: muchas ovejas, tiernas y sumisas, comenzaron a acompañarme. Eran pocas al principio, pero poco a poco su número fue aumentando, hasta que comencé a caminar con dificultad, debido al gran número de ovejas que me seguían. A lo lejos yo podía ver a los pastores, enfurecidos, por la pérdida de sus ovejas más bonitas.

Al llegar a la Ciudad de Sodoma, la encontré vacía y devastada. Siguiendo los rastros dejados por los ejércitos y por la multitud de cautivos, fui aproximándome cada vez más al blanco de mi misión. Al llegar a la campiña de Dan, pude avistar a lo lejos el gran campamento de los soldados, al pie de una colina. Sin prisa, me encaminé hacia allá, conduciendo a mi nuevo rebaño.

Desde lo alto del monte, pude observar el campamento en toda su extensión. Había millares de soldados conmemorando su victoria; Mientras que, centenares de cautivos yacían amontonados en medio del campa-mento, humillados y sin esperanza. Ante esa escena, estuve imaginando cómo se podría realizar la liberación.

Mi presencia despertó la curiosidad de algunos soldados que, al verme con el vaso fumigante, se aproximaron y comenzaron a burlarse. Cuando me preguntaron el motivo de mi presencia en aquel lugar, les dije que venía a liberar a mi sobrino Lót. Mis palabras se tornaron en motivo de muchas bromas en todo el campamento; Después de esto, comenzaron a mofarse de Lót.

En poco tiempo, toda aquella burla se transformó en gritos de venganza, y proclamaron que, a la mañana siguiente, todos los cautivos serían exterminados, comenzando por mi sobrino.

Mientras intentaba imaginar  lo que Yahwéh podría hacer para alcanzar tan milagrosa liberación, vi surgir a lo lejos un grupo de pastores que se encaminaban en dirección mía, viniendo de Sodoma. Pensé al principio que eran los pastores enemigos que venían a arrancarme el rebaño conquistado con amor. Tal desconfianza pronto desapareció, dando lugar a un sentimiento de mucha alegría, cuando descubrí que eran mis fieles pastores. Ellos se fueron aproximando en pequeños grupos de doce, hasta alcanzar el total de 300 pastores. Al mirar hacia ellos, pude notar en sus semblantes las señales de una gran lucha espiritual que tuvieron que enfrentar, para estar de mi lado. Me contaron acerca de la experiencia de muchos compañeros que, desanimados, habían lanzado el aceite y la lana fuera de sus vasos, regresándose hacia sus tiendas. Me hablaron de como, en aquella noche anterior, habían aprendido a amar la luz de mi vaso, que para ellos se convirtió como en una estrella guía.

Me alegraba con la presencia   de mis humildes pastores, cuando llegaron en dirección nuestra Aner, Escol y Manre, acompañados por quince hombres armados; Eran fieles amigos que, conociendo los peligros que enfrentaríamos en aquel valle, vinieron en nuestra ayuda. Para que no aplazáramos el plan divino, les pedí que permanecieran escondidos hasta el amanecer, cuando recibirían orientaciones sobre cómo participar en la misión.

Comencé a orientar a los pastores, siguiendo las instrucciones de La Voz Divina que me sonaba desde dentro de la llama: La primera tarea de los pastores, sería cuidar del rebaño hasta el anochecer.

Al volver, ordené que amarraran las madejas de lana empapadas en aceite, en la punta de sus bordones, colocándolos dentro de los vasos que, deberían mantenerse suspendidos, boca abajo.

Comencé a encenderlos con   el fuego de mi llamarada, hasta que las trescientas antorchas estuvieron ardiendo, aunque, ocultas, en el interior de aquellos vasos.

Ordené a cuarenta de mis valerosos pastores que, en el momento indicado por una señal que sería dada, deberían avanzar silenciosos hacia el centro del campamento, circundando a todos los cautivos que yacían amontonados en medio del campamento de las tropas. Al mismo tiempo, los 260 pastores restantes, deberían rodear todo el campamento, esperando la señal de romper los vasos con los cuernos.

Orientado por La Voz de la Llama, les indiqué las señales: Cuando la última antorcha se apagase en el campamento, deberían estar atentos, pues una pequeña lamparilla sería encendida por uno de los cautivos. Tan pronto como la lamparilla comenzase a arder, deberían correr cada uno hacia su puesto, evitando cualquier ruido, para no ser descubiertos.

La señal para ellos de quebrar los vasos con los cuernos, levantando muy en alto la antorcha, sería el apagar de la lamparilla.

Después de esas orientaciones, los 260 pastores, ocultos por las sombras de la noche, se esparcieron por el valle, y estaban esperando el momento de colocarse alrededor del campamento; Mientras tanto, los 40 se colocaron próximos a un pasaje más vulnerable, a través del cual habrían de alcanzar a los cautivos.

Era ya alta noche cuando la antorcha del último soldado se apagó, sobreviniendo una completa oscuridad y silencio sobre el campamento de las tropas.

Entre los cautivos, había un hombre en aquella noche, que vivía la mayor angustia de su vida. Era mi sobrino que, después de convertirse en el blanco de tantos abusos y humillaciones, había tomado conocimiento del castigo que les esperaba al amanecer.

En aquella noche, Lot tenía sus pensamientos vueltos hacia su tío; se acordaba con arrepentimiento del momento en que me había dejado junto al Roble de Mambré, mudándose hacia las campiñas de Sodoma. En su desesperación, sintió deseo de volver a ver mi faz y de pedirme perdón por haberse apartado de mí. Justamente en aquel momento, Lot fue atraído por el brillo de una antorcha que ardía sobre la colina. Al mirar el brillo, imaginó estar teniendo una visión, pues ello mismo le revelaba la faz de su querido tío.

Queriendo mostrarme su rostro, Lot palpó en medio de las tinieblas hasta encontrar una pequeña lamparilla que había traído en su alforja. Frustrado, percibió que no había en ella nada de aceite. Concluyó que aquella lámpara apagada y seca, era un símbolo de su vida vacía y sin fe.

Sin desviar los ojos de mi rostro iluminado por la llama del vaso, en un desesperado gesto de fe, Lot palpó la mecha de su lamparilla, descubriendo que había en ella un residuo de aceite. Curvándose, comenzó a herir  las piedras del fuego, hasta que una chispa saltó hacia la mecha. Sin saberlo, Lot estaba comandando con sus gestos, los pasos para una gran liberación.

Los trescientos pastores al ver el tenue brillo de la lamparilla, se encaminaron rápidamente hacia sus puestos, y, permanecieron aguardando el apagar de la pequeña llama.

Desde el momento en que  Lot se levantó con su diminuta llama, yo estaba mirando hacia sus ojos que miraban los míos. Vi que su faz traía señales de inenarrable angustia y malos tratos. Así mismo, pude leer en sus ojos azules, que la esperanza y la fe todavía no le habían abandonado.

El pequeño fuego de la lamparilla de Lot, con todo, no resistiría por mucho tiempo. Era necesario que se apagase, para señalizar la gran victoria.

Cuando la oscuridad volvió  a cubrir la faz de Lot, mis trescientos pastores arremetieron sus cuernos contra los vasos que mantenían ocultas las antorchas ardiendo. Un gran ruido, como de caballería en combate resonó por todas partes, mientras que las antorchas eran suspendidas. Los trescientos cuernos utilizados hasta entonces para conducir el rebaño, sonaban ahora como trompetas de conquistadores.

Todo el campamento se despertó de un solo brinco, y, sin saber cómo escapar de tan terrible investida que partía de afuera y de adentro, los soldados comenzaron a luchar entre sí mismos, mientras que mis pastores permanecían en sus puestos, haciendo sonar los cuernos.

Los cautivos, estuvieron muy espantados al principio, mas poco a poco fueron tomando conciencia de la gran liberación que estaba operándose en su favor.

Cuando  amaneció, se reveló ante nuestros ojos un escenario de completa destrucción; Todo el pueblo estaba cubierto por millares de cuerpos rasgados por sus propias espadas y lanzas. Solamente unos pocos consiguieron huir de aquel campamento de muerte, mas fueron perseguidos por mis dieciocho aliados que estaban armados, siendo alcanzados en Hobá, que esta a la izquierda de Damasco, mientras tanto, los cautivos, ahora liberados, recuperaban todas las riquezas de que habían sido saqueados por los enemigos.

De la cima de la colina, en tanto que yo vibraba con la alegría de los cautivos en aquella mañana de liberación, oí la Voz de Yahwéh hablándome de en medio de la llama:

“Esta liberación que hoy se concretiza, representa la liberación que he de operar en los últimos días, salvando a los remanentes de tus hijos, del cerco de numerosas naciones que se aliarán a Gog con el propósito de destruirlos. En aquel día en que triunfaren sobre mi pueblo, mi indignación será muy grande, y contenderé contra él por medio de la peste y de la sangre; lluvia  inundante, grandes rocas de granizo, fuego y azufre haré caer sobre él, sobre sus tropas y sobre sus muchos pueblos que estuvieren con él. Así, yo me engrandeceré, justificaré mi santidad y me daré a conocer a los ojos de muchas naciones; y sabrán que yo soy el Señor. Y sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén derramaré el Espíritu de gracias y de súplicas; mirarán hacia mí a quien traspasaron, y harán lamentación como quien se lamenta por un hijo unigénito y llorarán por él como quien llora amargamente por el primogénito. En aquel día, habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para remover el pecado y la impureza".

Consiente de la importancia histórica de aquel día de liberación, tomé un calendario y, miré con sorpresa, pues era Rosh Ha-shaná, o día de las trompetas. Aquél era el primer día de un Año Nuevo; Diez días después vendría el Yom Kipur, el día de la purificación de los pecados; En el día 15, tendría lugar la fiesta de Sukot, la alegre fiesta de las cosechas de otoño.

La llama que para mí se había  convertido en una representación del Mesías Prometido, se apagó en el momento en que descendí al encuentro de los pastores y de los muchos cautivos ahora liberados. Llenos de alegría y de admiración, todos querían saber como había llegado a ser posible tan grande liberación, solamente con la utilización de aquéllas antorchas y cuernos. Les hablé entonces de la importancia de aquel fuego que se había desprendido del Altar, para liberarlos en aquel valle, identificándolo como el Mesías Salvador.

Al ver que todos cargaban en sus cuerpos y mantos la suciedad de la esclavitud, los invité a seguirme hasta el río Jordán, donde todos podrían bañarse, para la purificación de sus pecados.

Solamente tres personas atendieron la invitación: Lót y sus dos hijas más recientes. Los demás, regresaron contaminados hacia sus casas.

Antes de partir, el rey de Sodoma vino a mi encuentro, prometiendo darme todas las riquezas recuperada en aquella mañana. Yo rechacé su oferta, para que nunca jamás alguien pudiera decir que yo me enriquecí con aquel saqueo.

Permanecimos acampados en los márgenes del río Jordán, en las proximidades de Jericó por doce días. En aquellos días de refrigerio, todos se hallaron libres de las impurezas, dejándolas en las aguas del Jordán. Este era un preparativo especial para la fiesta de Sukot que decidimos conmemorar en Salem.

Llenos de alegría, iniciamos una marcha ascendente rumbo a la ciudad de Salem, inconsciente de la feliz sorpresa que nos aguardaba. Yo seguía al frente teniendo a mi lado a Lót  y sus dos hijas, y detrás venían los 300 pastores, conduciendo  el gran rebaño.

A medida que avanzábamos, comencé a notar que mi vaso que se había quedado vacio al amanecer, se tornó muy pesado. Al bajarlo, miré sorprendido al descubrir dentro de él muchas perlas de variados tamaños y  brillos que se formaron misteriosamente.

Al ver nosotros a lo lejos la blanca ciudad, comenzamos a oír sonidos de una gran fiesta. Acordes armoniosos repercutían por los montes, mientras avanzábamos por el camino.

Mi curiosidad en conocer aquella ciudad y a su joven rey era inmensa, pues de boca de muchos ya había oído acerca de su grandeza y fama. Se trataba de un reino diferente de todos los demás, donde los súbditos eran entrenados no en el manejo de arcos y flechas, sino en el dominio de instrumentos musicales. Melquisedec, su joven rey, regía a todos con un cetro muy especial: un laúd, por el cual había pagado un precio elevado.

En tanto crecía en mí la alegría por estarnos aproximando a la Ciudad del Gran Rey, vimos una multitud vestida de lino fino, puro y resplandeciente, saliendo a nuestro encuentro. Todos traían instrumentos musicales, mientras cantaban un himno de victoria. Al frente de la multitud venía un joven tocando un laúd, trayendo en la frente una corona repleta de piedras preciosas, que brillaban bajo la claridad del sol poniente. Yo tuve la certeza de que aquél era el tan aclamado rey de Salem.

Al momento de nuestro encuentro, quedamos admirados con la salutación que nos hicieron; Inclinándose delante de mí, Melquisedec afirmó:

“Bendito eres tú Abraham, siervo del Dios Altísimo, que posee los cielos y la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus adversarios en tus manos". 

Sorprendidos por la festiva recepción, fuimos introducidos en la ciudad, donde la belleza de las mansiones y jardines nos causó mucha admiración. Todo allí era puro y lleno de paz.

 Fuimos recibidos en el palacio real, edificado sobre el Monte Sión. Allí, una nueva sorpresa nos aguardaba:

 La gran sala del trono, estaba toda adornada con representa-ciones de nuestra victoria sobre los enemigos. Había en medio de la sala una mesa muy larga, cubierta por toallas de lino fino adornadas con hilos de oro y piedras preciosas. Sobre la mesa había 304 coronas, cada una trayendo la inscripción del nombre de un vencedor. En un gesto que nuevamente nos sorprendió, Melquisedec, tomando las coronas, comenzó a colocarlas en la cabeza de cada uno de nosotros, comenzando por Lot y sus hijas. Estábamos todos admirados por el hecho de que el rey de Salem nos conociera individualmente, y por tener preparadas aquellas coronas mucho antes de que fuésemos vencedores.

Yo observaba la alegría de mis compañeros coronados, cuando, tomando una corona semejante  a la suya, el rey de Salem se dirigió a mí con una sonrisa. Al levantarla sobre mi cabeza, noté algo que hasta entonces no había percibido: Sus manos traían cicatrices de heridas profundas. Vencido por un sentimiento de gratitud, me postré a sus pies y, conmovido, besé sus bondadosas manos, bañándolas con mis lágrimas.

 Al levantarme, le pregunté el significado de aquellas cicatrices. Con una tierna sonrisa, él prometió que iría a contarme toda la historia de aquel próspero reino, y de cuánto le costó obtener  su paz.

Después de coronarnos, Melquisedec nos hizo sentar alrededor de la gran mesa, y comenzó a servirnos el pan y el vino; A partir de aquel momento, comenzamos a honrarlo como Sacerdote del Dios Altísimo.

En un gesto de gratitud, tomé el vaso repleto de perlas, y lo coloqué a los pies del rey. Tomándolo en los brazos, él comenzó a acariciarlo, sin atentar hacia el brillo de las perlas. Expresándome la gratitud por aquella ofrenda, me dijo que aceptaría el vaso y, que de las perlas, solamente aceptaría el diezmo.

Inmediatamente comencé a contar las joyas, separando las más bellas para el rey. Había un total de 1,440 perlas, de las cuales le entregué 144. Él las guardó cuidadosamente en una cajita hecha de oro puro, en cuya tapa había lindos adornos con incrustaciones de pequeñas piedras preciosas.

Después de recibir el diezmo que simbolizaba la gran liberación operada por Yahwéh en la planicie, Melquisedec llamó venir a él a uno de sus súbditos que era maestro en adornos y pinturas, ordenándole honrar el vaso con un lindo grabado que retratase el momento en que yo lo ofrendé.

Mientras el jarro era pintado, Melquisedec comenzó a contarme la historia de su reino, desde su fundación hasta aquel momento en que estábamos conmemorando la gran victoria sobre los enemigos.

Al devolverme el vaso, ahora honrado con el más bello grabado e inscripciones que exaltaban la justicia, la humildad y el amor, el rey de Salem me ordenó que llevara conmigo el vaso con aquellas perlas. Durante seis años yo y mis pastores deberíamos contar a todos la historia de aquel vaso que fue victorioso por causa de la llama del altar.  A todos aquellos que, con arrepentimiento, aceptasen la salvación representada por su historia, deberíamos ofrecer una perla. Al final de los seis años, las perlas se acabarían; Ya no habría oportunidad de salvación. Sobrevendría entonces el séptimo año, en el cual habría  un tiempo de gran angustia y destrucción, cuando solamente habría protección para aquellos que poseyesen las perlas. Por esa ocasión, las ciudades de la planicie serían totalmente detruidas por el fuego del juicio, y los demás pueblos que no se arrepintiesen, serían diezmados por grandes plagas.

Sobre el triunfo que acabábamos de obtener sobre numerosos ejércitos, Melquisedec, después de repetirme las palabras dichas por el Mesías, dijo una señal que sería importante para aquéllos que viviesen por la ocasión de la gran liberación de Israel. Afirmó que, multiplicando las 144 perlas del diezmo por el número de columnas de su palacio, encontraría el año que traería a su consumación la gran liberación de Israel. Movido por la curiosidad, comencé inmediatamente a contar las columnas; Eran 40 columnas de mármol, adornadas con piedras preciosas.

Al regresar al rey con el resultado de los cálculos, él comenzó a hacer predicciones sobre los grandes acontecimientos que tendrían lugar al final de aquél año:

Al llegar la plenitud de los tiempos, todos los esfuerzos humanos en busca de la paz se frustrarán. En aquel tiempo, numerosas naciones se aliarán  contra el reino de Salem; Habrá una batalla como nunca hubo,  y toda la tierra será castigada por el fuego; Después de agotar ellos todos los recursos en su defensa, Israel verá, con desesperación, incontables enemigos marchando contra ellos, con el propósito de eliminarlos. Como Lot en su noche de angustia, ellos verán morir su esperanza, cuando, en Rosh Hashaná, ha  de oírse en medio de las ruinas de Salem, los acordes armoniosos de un laúd, tocados por un beduino de la tribu de Taamireh; Su música hará renacer la fe y  la esperanza en un mundo mejor, donde nación no se levantará contra nación; donde las lágrimas, el dolor y la muerte no existirán más. 

Después de consolar a los afligidos con los acordes de su laúd, el beduino tomará el vaso con los pergaminos de la tumba de David, y lo llevará sobre los hombros. En aquel día, estarán los pies suyos sobre el Monte  de los Olivos, y, al clamar por la liberación de Israel, habrá un fuerte terremoto que agrietará el Monte por la mitad, surgiendo del oriente hacia el occidente un enorme valle. En aquel día, toda la tierra de Israel será fuertemente sacudida, sobreviniendo una total destrucción para todos los ejércitos enemigos; Habrá, sin embargo, salvación para todos aquéllos que, con arrepentimiento, se refugiaron bajo las alas del Eterno, lanzando lejos de sí los instrumentos de violencia.

Toda la humanidad testimoniará, con espanto, las escenas de la liberación de los hijos de Israel. En aquel día, muchos pueblos y poderosas naciones se establecerán al lado de Yahwéh de los Ejércitos; Multitudes de los judíos de la diáspora se aproximarán, diciendo: Nos iremos con vosotros, porque sabemos que el Eterno está de vuestro lado.

El Yom Kipur que seguirá a  la liberación, será un día de purificación de las impurezas de todos aquéllos que aceptaron la salvación; En aquel día acabará la ceguera de los hijos de Jacob, y mirarán hacia Aquél a quien traspasaron, y llorarán amargamente por él como se llora por un hijo unigénito.

En la fiesta de Sukot (cosechas) será derramado el Espíritu de Dios sobre toda carne; Y sucederá que, todo aquél que invoque el nombre de Yahwéh, será salvo, recibiendo una perla del vaso.

En el decorrer de los días de Sukot, lluvias de bendiciones caerán sobre el inmenso valle, haciendo surgir a la vista de todos los pueblos, en toda la tierra Santa, un paraíso repleto de alegría y paz.

En aquel día los elegidos de Dios comprenderán las palabras del libro:

"Oídme, vosotros, que procuráis la justicia, vosotros que buscáis a Yahwéh. Mirad hacia la roca de la cual fuisteis cavados, hacia la caverna de la cual fuisteis sacados. Mirad hacia Abraham, vuestro padre, y hacia Sara, aquella que os dio a luz. Él estaba solo cuando lo llamé, mas yo lo bendije y lo multipliqué. Yahwéh consoló a Sión, consoló todas sus ruinas; él transformará su desierto en un Edén y su soledad en un jardín. En ella encontrarán gozo y alegría, cánticos de acción de gracias y sonidos de música".

En aquel día los redimidos mirarán hacia el humilde beduino que liberó de la caverna el vaso de Abraham, y cantarán con alegría:

 "Cuán bellos son, sobre los montes, los pies del mensajero que anuncia la paz, del que proclama buenas nuevas y anuncia la salvación, del que dice a Sión: ¡Oh tu Dios reina! Porque Yahwéh consoló a su pueblo, él redimió Jerusalén. Yahwéh descubrió su santo brazo a los ojos de todas las naciones, y todos los extremos de la tierra verán la salvación de nuestro Dios".

Durante seis años, toda la humanidad, iluminada por la mayor revelación del amor y de la justicia de Yahwéh, tendrá oportunidad de romper con el imperio del pecado, uniéndose a los hijos de Israel en su marcha de purificación y restauración del reino de la luz.

 Entonces acontecerá que, todos los sobrevivientes de las naciones que marcharon contra Jerusalén, subirán, año tras año, para postrarse delante del rey Yahwéh de los Ejércitos, y para celebrar la fiesta de Sukot. Y acontecerá que aquélla de entre las familias de la tierra que no suba y no venga, atraerá contra sí misma la plaga con la que Yahwéh herirá a las naciones que no suban a celebrar la fiesta de Sukot.

En aquellos años de oportunidad, sonará por todas partes del mundo el último convite de misericordia, en un intento por que todos los pecadores se arrepientan y se unan en una eterna alianza con Yahwéh, diciendo:

"Así dice Yahwéh: Observad el derecho y practicad la justicia, porque mi salvación esta pronta a llegar y mi justicia, a manifestarse. Bienaventurado el hombre que proceda así, y el hijo del hombre que en esto se afirma, que guarda el sábado y no lo profana y que guarda su mano de practicar el mal. No diga el extranjero que se entregó a Yahwéh: —Naturalmente Yahwéh va a excluirme de su pueblo,— ni diga el eunuco: —No hay duda, yo no paso de un árbol seco";— Pues así dice Yahwéh a los eunucos que guardan mis sábados y optan por aquello que es mi voluntad, permaneciendo fieles a mi alianza: “He de darles, en mi casa y dentro de mis muros, un monumento y un nombre más precioso del que tendrían como hijos e hijas; He de darles un nombre eterno, que no será extirpado. Y, en cuanto a los extranjeros que se entregaren a Yahwéh para servirlo, sí, para amar el nombre de Yahwéh y convertirse en sus siervos, a saber, todos los que se abstienen de profanar el sábado y que se mantienen fieles a mi alianza, yo los traeré a mi santo monte y los cubriré de alegría en mi casa de  oración. Sus holocaustos y sus sacrificios serán bien aceptados en mi altar. En efecto, mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos".

En los seis años de oportunidad, Samael, el gran engañador, en un gesto de desesperación, empleará todos los recursos posibles para impedir la realización de Yahwéh a través de Su pueblo. En oposición a la santificación del sábado que es la señal de la alianza entre Yahwéh y sus escogidos, numerosas religiones, aliadas a gobernantes impíos, impondrán otro día para el culto, no pudiendo comprar ni vender todos aquéllos que se mantuvieren fieles a la alianza de Yahwéh. En aquellos años de pruebas, los elegidos de Dios sobrevivirán mediante el cuidado de los ángeles, que los conducirán distantes de las ciudades populosas que serán castigadas por las siete últimas plagas que caerán sobre los impenitentes al final de los seis años.

Durante los seis años de la cosecha final, el Mesías edificará una Nueva y Eterna Jerusalén, adornándola con los hechos de justicia de Sus escogidos. Esa Nueva Jerusalén solamente será revelada al completarse toda la justicia divina, al final del séptimo año, período en que los elegidos de Dios tendrán como desafío vivir una vida sin culpas, pues cualquier acto de rebeldía en aquel tiempo, estaría sin expiación, significando una eterna vergüenza para el Creador.

Al completarse los siete años, el Mesías aparecerá en las nubes del cielo, acompañado por todas las huestes celestiales; Al tocar Su trompeta en aquél gran Rosh Hashaná, los fieles fallecidos, resucitarán revestidos de gloria; los vivos victoriosos, serán transformados en un abrir y cerrar de ojos, recibiendo cuerpos perfectos; Juntos, todos los redimidos serán arrebatados hacia la Nueva Jerusalén, en un viaje inolvidable que comenzará en el primer día de la fiesta de Sukot; Después de siete días de feliz ascensión, llegarán a La Ciudad Santa para conmemorar, delante del trono, el octavo día de la fiesta. Como si fuese un sueño, los rescatados del Señor entrarán en La Ciudad Santa, encontrando a su lado norte, el jardín del Edén, en medio del cual se eleva el monte Sión, el lugar del trono de Yahwéh. Coronados por el Mesías, los redimidos entonarán el cántico de la victoria, haciendo vibrar por todo el espacio los acordes de sus arpas, laúdes y flautas.

Después de proferir todas estas predicciones, Melquisedec me dijo que toda la experiencia que estábamos viviendo, era pre figurativa. Para que todo el drama se consumase, teníamos todavía delante de nosotros acontecimientos importantes; primeramente, yo debería regresar al Roble de Mambré juntamente con mis pastores, para proclamar a todos la salvación representada por la historia de aquel vaso. Todo aquél que, con arrepentimiento, aceptase al Mesías revelado, obtendría el perdón de sus pecados, recibiendo una perla. Al final de seis años, al llegar la víspera de Rosh Hashaná, las perlas se acabarían, no habiendo más oportunidad de salvación. Por aquel tiempo, el fuego del juicio caería sobre las ciudades de Sodoma y de Gomorra, habiendo terribles plagas sobre todos los infieles.

Al oír tales palabras del rey de Salem, me sobrevino gran an-gustia, al acordarme de los últimos pasos de Sara; Yo temía que ella, en su incredulidad, no aceptase una perla. Si esto aconteciese, mis lindos sueños se echarían por tierra, pues no conseguiría ser feliz en su ausencia. Leyendo en mis ojos la angustia, Melquisedec me consoló con una promesa:

Abram, de aquí a seis años Yahwéh te visitará en tu tienda, y tu esposa será curada de su esterilidad. Ella se convertirá y te dará un hijo que se llamará Isaac. 

Al finalizar la fiesta de Sukot, retornamos a nuestras tiendas junto al Roble de Mambré. A medida en que íbamos avanzando por el camino, muchas personas nos rodeaban, admirados por la belleza del vaso repleto de perlas; A todos contábamos la historia de su llama redentora, y ofrecíamos las perlas a todos los que creyendo, aceptaban la salvación.

Cuando llegamos al Roble de Mambré, una multitud de personas en él esperaba; Muchos  habían oído hablar de la milagrosa liberación operada a través de aquel vaso que había sido el blanco de tanto menosprecio. Ahora, todos estaban enmudecidos al verlo glorificado.

Juntamente con mis pastores, continuamos proclamando el infinito amor de Yahwéh revelado por la llama. El número de aquellos que procuraban obtener las perlas fue aumentando, día tras día, y todos éramos felices.

Los días, los meses y años fueron pasándose, y la cantidad de perlas fue disminuyendo dentro del vaso. Estábamos viviendo ahora los últimos meses del sexto año, que era el último de oportunidad. A medida en que los días se pasaban, aumentaba en mi corazón una preocupación y una angustia, pues Sara hasta entonces no había tomado interés en apoderarse de su perla, a pesar de mis constantes ruegos.

En aquellos momentos de aflicción en que clamaba a Dios por la salvación de Sara, mi único consuelo eran las últimas palabras del rey de Salem, de que al final de los seis años ella sería transformada.

Vivíamos ahora los últimos días del sexto año; La conciencia de que el tiempo se estaba agotando, hacía que muchas personas me procurasen desde la mañana hasta la noche, para apoderarse de las perlas de la salvación. Con el corazón herido por inexpresable aflicción, yo insistía con Sara, procurando convencerla de su necesidad en tomar, cuanto antes, una perla, pues las mismas se estaban haciendo cada día más escasas. Sin considerar mi angustia, Sara desdeñaba mis solicitudes, afir-mando que aquellas perlas no tenían ningún significado para ella.

Después de una noche en vela en que, desesperadamente, procuré convencer a mi amada de posesionarse de su perla, aceptando la salvación representada por aquel vaso, vi el sol surgir trayendo  la luz  del  último  día —víspera de Rosh Hashaná. — Al mirar hacia dentro del vaso en aquella mañana, vi que restaban apenas tres perlas. Al admirarles el brillo, comencé a imaginar que la más brillante sería para mi hijo prometido, la de brillo intermedio sería la de Sara, y la última sería la mía. Ese pensamiento me trajo alivio y esperanza; Pero, al mismo tiempo, comencé a preocuparme con la posibilidad de que llegaran personas procurando obtenerlas; Si viniesen, yo no podría negarles el derecho a ellas.

Tomado por esa preocupación, permanecí sentado bajo el Roble de Mambré. En el transcurso del día, me sobrevino un gran estremecimiento cuando vi a lo lejos tres peregrinos que caminaban rumbo a nuestra tienda. Comencé a clamar a Dios que ellos cambiaran de rumbo, pero mis clamores no fueron atendidos. Dominado por una gran amargura, corrí hasta ellos, y, después de postrarme, los invite hacia la sombra.

Tomando una vasija con agua, comencé a lavarles los pies, limpiándolos del polvo del camino. Al ver los pies heridos y ampollados de aquéllos hombres, sentí compasión por ellos; Comprendí que habían venido de muy lejos, enfrentando peligros y desafíos, con el propósito de obtener a tiempo las perlas. Vi que ellos eran mucho más merecedores que yo, Sara y nuestro hijo prometido.

Al lavar los pies del tercero, mi corazón que hasta entonces estaba afligido, se lleno de paz  y alegría; Imaginaba en aquel momento, cuán terrible sería si aquél tercer peregrino, no se hubiese unido a los dos primeros en aquel trayecto; En ese caso yo estaría obligado a tomar la última perla, subiendo sin mi amada a Salem. Si tuviera yo que pasar por esa experiencia, la perla que simbolizaba la alegría de la salvación, se convertiría para mí en un símbolo de soledad y tristeza, pues la larga vida del cariño de Sara, sería para mí el mayor castigo, como la propia muerte.

Después de lavarles los pies, comencé a servirles el alimento que fue especialmente preparado para ellos. Mientras les servía en silencio, estaba yo esperando el momento en que me preguntarían por las perlas. Pero sin revelar ninguna prisa, ellos hablaban sobre la larga caminata que hicieron, sobre las ciudades por donde habían pasado. Yo les pregunté si conocían Salem; Ellos me respondieron afirmativamente, agregando que en aquellos seis años, muchas obras habían sido realizadas en aquélla ciudad, en preparación para una gran fiesta que estaba por realizarse dentro de un año más, por la ocasión de Sukot.

Las palabras de aquél tercer peregrino, el más conversador de los tres, comenzaron a traerme, misteriosamente, un sentimiento de esperanza. Al mirar hacia sus ojos azules, Vi que él se parecía a Melquisedec.

Recordaba la última promesa hecha por el rey de Salem, cuando el tercer peregrino me preguntó con una sonrisa:

—Abram, ¡¿Donde está Sara tu mujer?!—

Atónito, le pregunte:

 — ¿Cómo sabes mi nombre y el nombre de mi esposa?— 

 El peregrino, me respondió:

—No solamente sé vuestros nombres, sino también sé que, de aquí a un año vosotros tendréis un hijo que será llamado Isaac. —

 Al oír las palabras del visitante, corrí hacia dentro de la tienda a fin de llamar a mi esposa, para que oyese las palabras de aquél peregrino.

 Al verla, el peregrino le preguntó:

 — ¿Sara, porqué os reís de mis palabras?—

 Asustada, Sara, contestó:

— ¡Yo no reí mi señor!

 —No digáis que no reísteis, pues yo os vi riendo dentro de la tienda. — Afirmó el peregrino.

 Consiente de estar delante de alguien que conocía su interior, Sara le preguntó:

 — ¡¿Quién eres tú Señor?!

 — ¡Yo Soy la llama que se desprendió del Fuego del Altar para estar en el vaso de tu esposo! ¡Yo Soy el Mesías, el Yahwéh que sufre humillaciones y desprecios por amor a Su pueblo!—

Habiendo hecho esta revelación, el peregrino extendió Sus manos sobre la cabeza de Sara para bendecirla; Solo hasta entonces vi, que ellas estaban marcadas por cicatrices semejantes a las del rey de Salem.

El peregrino, con mucha ternura, comenzó a hablar al corazón de mi amada, rescatándola de su caverna de incredulidad:

— ¡Sara, valiosa eres a mis ojos! ¡Todo tu pasado de incredulidad e infertilidad está perdonado! ¡Tengo para ti un futuro glorioso, pues tú te convertirás en madre de muchos pueblos y naciones!—

Después de decir estas palabras, el noble visitante se encaminó hacia el vaso e, inclinándose, tomó de el las tres perlas restantes. Dirigiéndose a Sara, le entregó dos perlas, y le dijo:

—Una es para ti y la otra es para tu hijo Isaac. —

Con la vida transformada por el amor de Yahwéh, Sara se postró agradecida a los pies de aquél peregrino que la había salvado en el último momento de oportunidad. Cuando la vi postrarse sumisa, mi corazón por tantos años afligido, se rompió en lágrimas de alegría y gratitud, y caí a los pies de mi Redentor y Rey.

Después de consolarnos con la certeza de nuestra eterna salvación, el peregrino me entregó la última perla. Cuando la apreté en mis manos sentí una gran luz de alegría y paz penetrar todo mi ser, y comencé a alabar al Eterno por la certeza de que tendría para siempre a mi lado a mi querida Sara y al hijo de la promesa que, dentro de un año nacería.

Después de estas cosas, Yahwéh se despidió de Sara y de los pastores que allí se encontraban, y me invitó a que los acompañara hasta la colina que esta frente al valle. Cuando llegamos a aquel lugar, el Eterno se despidió de sus dos compañeros, enviándolos a una misión especial en Sodoma.

De la cima del monte contemplábamos los fértiles valles y bosques que, como un paraíso, se extendían en ambos márgenes del río Jordán, circundando las prósperas ciudades, dentro de las cuales se destacaban Sodoma y Gomorra.

Fue sobre aquella colina que, después de la contienda entre mis pastores y los pastores de Lot, le di la oportunidad de escoger el rumbo a seguir, pues no podríamos permanecer juntos. Atraído por las riquezas de la campiña, él decidió mudarse hacia allá.

Al mirar hacia mi compañero que permanecía en silencio desde el momento en que vimos la campiña, me sorprendí al verlo llorando. Le pregunté el motivo de su tristeza, y Él, sollozando respondió:

—Este es para mí un día de mucha tristeza, pues por última vez mis ojos podrán posarse sobre este valle fértil. ¡Lloro por los habitantes de esas ciudades que no saben que sus días acabarán!—

La declaración de Yahwéh me trajo el recuerdo de todos aquéllos cautivos que habían sido liberados seis años antes; lamentablemente, casi todos rechazaron el baño de la purificación, regresando inmundos hacia sus casas; Únicamente Lot y sus hijas aceptaron la salvación, tomando posesión de sus perlas. Pensando en alguna posibilidad de liberación para aquél pueblo, pregunté al Señor:

— ¿Y si acaso existe en aquellas ciudades, cincuenta personas justas, aún así serían ellas destruidas?—

Yahwéh me dijo que si hubiese cincuenta justos, toda la planicie sería perdonada.

 — ¿y si hay 45 justos?—

 —Si hubiese allí 45 justos, todas aquellas ciudades serían perdonadas. —

Continué con mis indagaciones hasta llegar al número diez. Yahwéh me dijo que si hubiese 10 justos en aquellas ciudades, toda la planicie sería perdonada.

 Torturado por una inexpresable agonía de espíritu, Yahwéh volvió a llorar amargamente, mientras que con voz embargada, pronunciaba un triste lamento:

—Sodoma y Gomorra, cuántas veces quise Yo juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, mas vosotras no aceptasteis mi protección. ¡¿Por qué es que vosotras cambiasteis la luz de mi salvación, por las tinieblas de este reino de muerte?! ¡Mis oídos están atentos en busca de, por lo menos una plegaria, mas todo es silencio! ¡Mis manos están extendidas, prontas a impedir el fuego del juicio, mas vosotras rechazáis mi socorro!—

 Inclinándome al lado de mi sufridor compañero, me uní a Él en la lamentación. En aquel momento de dolor, tuve la certeza de que Melquisedec también sufría por todos aquellos que habían cambiado el amor y la paz de Salem, por las ilusiones de aquel valle de destrucción.

Después de un largo llanto, Yahwéh me consoló, con la revelación de sus dos compañeros, se encontraban en aquel momento en Sodoma, con la misión de salvar a Lot y a sus hijas librándoles de la muerte. Sus palabras me trajeron gran alivio, y me postré agradecido a sus pies.

Antes de partir, Yahwéh me encargó una misión, diciendo:

 —Toma un rollo vacío y registra en él la historia del vaso y la historia de Salem, conforme oísteis de los labios de Melquisedec. Dentro de un año, tú y todos aquellos que aceptaran la salvación, deberán subir a Salem para la fiesta de Sukot; En aquel día, devolverán al rey de Salem el vaso, ofreciendo dentro de él como presente, el rollo. —

En aquella misma tarde, en obediencia a las órdenes de Yahwéh, comencé a registrar la historia vivida por mí y por mis pastores, desde el momento en que partí rumbo al valle, llevando sobre la espalda el vaso con su llamarada.

Al día siguiente, el sol ya iba alto, cuando, al mencionar la ciudad de Sodoma en el manuscrito, recordé que aquel era el día de su destrucción. Con el corazón acelerado, corrí hacia allá y me quedé espantado con el escenario que se extendió delante de mis ojos: En lugar de aquél valle fértil, semejante a un paraíso, había un desierto humeante, sin vida alguna; En lugar de las ciudades de Sodoma y Gomorra, había un cráter profundo, hacia donde las aguas del mar salado escurrían.

Quebrantado ante esa visión de destrucción, volví a la tienda con el corazón entristecido. El recuerdo de tantas personas que, por rechazar el perdón divino, habían sido consumidas por el fuego, me dejaba profundamente debilitado. En los días siguientes, no encontré fuerzas para escribir; Regresé otras veces a la colina, con la esperanza de que todo aquello fuese una pesadilla, pero en lugar del valle fértil yo solamente conseguía percibir aquel caos.

Demoré varios días para que yo volviera a tener el ánimo de proseguir con los escritos del rollo.



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